М. И. Киеня «практический курс испанского языка. Завершающий этап обучения» аннотация электронное приложение к учебник
Вид материала | Учебник |
СодержаниеРаздел А. El efecto huida La desaparición de rusia |
- В. С. Виноградов Грамматика испанского языка Практический курс Рекомендовано Министерством, 7528.27kb.
- В. С. Виноградов Грамматика испанского языка Практический курс Рекомендовано Министерством, 6951.4kb.
- Общий курс испанского языка (15, 20, 25 и 30 часов в неделю), 26.89kb.
- Рабочая программа по дисциплине «Практический курс иностранного языка» Для студентов, 100.29kb.
- Вводный курс. Часть I. Испанский алфавит Особенности испанского произношения Буква, 2699.92kb.
- Рабочая программа дисциплины «перевод экономического текста», 281.65kb.
- Практический курс немецкого языка Учебно-методический комплекс дисциплины, 2085.47kb.
- Курс ведет доктор пародонтолог Терентьева Елена Витальевна практический стаж 16 лет,, 32.16kb.
- В. Д. Аракина издание четвертое, переработанное и дополненное Допущено Министерством, 2717.43kb.
- Владимира Дмитриевича Аракина одного из замечательных лингвистов России предисловие, 3598.08kb.
Раздел А.
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EL EFECTO HUIDA
Gonzalo Fanjul, El País
Una de las tentaciones políticas más peligrosas es empeñarse en ofrecer respuestas simples a los problemas complejos, y eso es lo que está ocurriendo con el debate sobre la inmigración. A estas alturas, es muy difícil sostener que nuestras reformas legales juegan algún papel relevante en el hecho de que casi 30.000 africanos hayan llegado a las costas españolas a lo largo de este año. Se trata de hombres, mujeres y niños que se embarcan en un viaje en el que tienen serias posibilidades de perder la vida, y que a menudo obliga a sus familias y comunidades a contraer deudas con las que cargarán durante años. Hace falta una buena razón para asumir semejante riesgo, y parece poco probable que la encontremos en el BOE.
En realidad, de lo que estamos hablando es de un poderoso efecto huida: los africanos se aferran a cualquier oportunidad para salvar a sus familias de una vida miserable, y cualquiera en su lugar haría lo mismo. Uno de cada seis niños africanos muere antes de cumplir los cinco años, casi siempre por una combinación de malnutrición y enfermedades que serían fácilmente preveni-bles, lo que significa que en este debate no hay atajos: hasta que no resolvamos el problema de la pobreza, la inmigración insegura seguirá siendo incesante e imparable.
Esta es una respuesta incómoda, porque el desarrollo de África es un problema muy complicado en el que los propios africanos deben tomar la iniciativa. Uno de los retos principales consiste en superar la debilidad institucional y democrática heredada de la colonia y de la Guerra Fría. Pero sería insensato ignorar el papel que debe jugar la comunidad internacional, cuyo compromiso hasta ahora ha sido, por decirlo de forma suave, insuficiente. La ayuda internaional es imprescindible, por ejemplo, para elevar el alarmante estado de la educación, que en países emisores de emigrantes como Malí deja a uno de cada dos niños fuera de la escuela primaria. Lamentablemente, la cooperación de los países industrializados sigue sin estar a la altura de la retórica de sus dirigentes.
Lo que es peor, los intereses creados en los países ricos pueden destruir con una mano lo que los ciudadanos y contribuyentes construyen con la otra a través de la ayuda al desarrollo, como demuestra el caso español. Mientras la cooperación oficial ha situado a África entre sus prioridades, incrementando los recursos y los esfuerzos para reducir la pobreza de este continente, otras políticas gubernamentales trabajan exactamente en el sentido contrario. España se opone, por ejemplo, a una reforma de la política agraria europea que beneficiaría a África enormemente. Un incremento de tan sólo el 1 por ciento en la cuota mundial de exportaciones que disfruta este continente se traduciría en un aumento de más del 20 por ciento en la renta media per cápita de los africanos, equivalente a 50.000 millones de euros anuales.
El comercio no es el único ámbito en el que los intereses nacionales van por delante de las buenas intenciones. España es el principal exportador mundial de municiones para armas ligeras a África subsahariana, por delante de grandes fabricantes como el ReinoUnido. Entre los años 2002 y 2003 empresas españolas exportaron a Ghana 534 millones de cartuchos, una cifra similar a la de años anteriores. Dice el Ministerio de Comercio que se trata de munición de caza, pero eso convertiría a este pequeño país de África occidental en una monumental montería, así que es muy posible que esa munición tenga usos menos recreativos. Ghana es limítrofe con un país como Costa de Marfil, que sufre un grave conflicto interno, y cercano a otras zonas de gran inestabilidad como Sierra Leona, Guinea Conakry o Liberia. Todos ellos son países emisores de emigración hacia Europa.
El Gobierno ha empezado a ser consciente de este conflicto, y por eso presentó hace unos meses el Plan África con el doble objetivo de reducir los flujos de inmigración y de contribuir al desarrollo de la región. Sin embargo, y aunque es un primer paso en la dirección correcta, no parece que esta iniciativa vaya a resolver ni una cosa ni la otra. Con excepción de una defensa cerrada de nuestros intereses en ciertos sectores económicos como el energético o el pesquero, el contenido del plan no es más que una sucesión de lugares comunes y vagas intenciones. Si queremos responder al reto de África necesitamos un programa de trabajo mucho más coherente y menos super- ficial de lo que se nos ha ofrecido hasta ahora.
España no es la culpable de la pobreza africana y, con toda seguridad, no es la única responsable de su desarrollo. Pero hay ámbitos concretos donde una combinación de voluntad política y recursos económicos puede contribuir a romper el círculo vicioso del subdesarrollo. La preocupación suscitada entre la población de nuestro país por la llegada de inmigrantes africanos ofrece la oportunidad de que España se convierta en parte de la solución, y no en parte del problema como hasta ahora.
Gonzalo Fanjul es coordinador de investigaciones de Intermón Oxfam.
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LA DESAPARICIÓN DE RUSIA
Paul Kennedy, El País
Hace un siglo, un espectro temible se cernía sobre Europa, Turquía y Oriente Próximo, así como sobre la India británica, China y Japón. El espectro era el sorprendente aumento de población de la Rusia zarista. En 1850 tenía 57 millones de habitantes; hacia 1910, Rusia albergaba all1 millones. Incluso la Alemania imperial tenia sólo la mitad de esta población, y Gran Bretaña, un simple tercio. Todo el mundo temblaba.
Cien años más tarde nos enfrentamos al fenómeno opuesto: la caída demográfica de Rusia, en una proporción y de una forma nunca vistas en la historia mundial. Es cierto que las poblaciones polinesias y amerindias se vieron reducidas drásticamente por la invasión de virus extranjeros. Genghis Khan diezmó las ciudades de Asia Central que invadió con sus hordas. El "gran salto hacia adelante" de Mao probablemente mató a unos 30 millones de chinos. Pero lo que está sucediendo en Rusia es una caída de la población generada y propiciada internamente; es decir, el pueblo ruso ha elegido este camino, aunque no por gusto.
Las cifras desnudas lo dicen todo. La publicación de la ONU State of the world population calcula que la población de Rusia ronda actualmente los 145 millones, pero descenderá hasta los 104 millones para 2050. Murray Feshbach, el distinguido demógrafo estadounidense de la antigua URSS y de la Rusia de hoy nos cuenta que la población rusa está descendiendo en 750.000 seres al año.
Evidentemente, dado que nace tan poca gente, la población se está haciendo mucho más anciana, aunque no tengan mucha atención geriátrica. La sociedad rusa está enferma. Las tasas de mortalidad masculina se están disparando por culpa del alcoholismo, que se produce a niveles devastadores, y por un descuido de la salud generalizado en los varones. Las mujeres embarazadas y los niños tienen bajos niveles de asistencia sanitaria y la mayoría de los rusos consideran los hospitales como lugares peligrosos que deben ser evitados a toda costa.
La descuidada y tosca cultura masculina rusa asusta e irrita a las jóvenes rusas; para ellas es mucho mejor emigrar o simplemente permanecer solteras: muchas, obligadas por las estrecheces económicas, se dedican a la prostitución. Una sociedad necesita que las mujeres tengan dos niños (o un poco más) como promedio simplemente para mantener una población estable. Sin embargo,en Rusia, la tasa de fertilidad ha bajado ahora a 1,2 niños por mujer aproximadamente. De manera inexorable, los nacimientos se reducen, y las muertes de ancianos aumentan.
No es de extrañar que Vladímir Putin dijera el año pasado que éste es el problema más grave al que tiene que enfrentarse Rusia. No el terrorismo o la degradación del medio ambiente o la guerra nuclear. Tampoco China (excepto que su población en aumento está abriéndose paso hacia las tierras escasamente habitadas de Siberia y Asia Central). La muerte de la ciudadanía de Rusia es la cuestión prioritaria para la nación.
Repito: esto no ha sucedido nunca, y hay muy pocos datos históricos que nos ayuden a su- gerir una solución. ¿Qué se puede hacer para invertir esta tendencia? Sabemos que una de las consecuencias más amplias de la modernización es que las tasas de fertilidad nacional caen, y caen de forma definitiva. Con la modernización, las mujeres tienen mayor acceso a la educación, mejo- ran sus oportunidades profesionales y tienden a retrasar el matrimonio. También aprenden a regular mejor el tamaño de la familia. Una tendencia exactamente así se está produciendo ahora en Brasil y otros países en vías de desarrollo. Por lo tanto, una caída en las tasas de fertilidad de Rusia desde los tiempos de Stalin, y especialmente desde la caída de la URSS, es perfectamente comprensible.
Pero si a esta tendencia secular natural se le unen las terribles perspectivas que se les ofrecen a las jóvenes rusas corrientes, es fácil adivinar por qué no quieren casarse y tener hijos. Por cierto, los abortos en Rusia alcanzan unas cifras terroríficamente altas, muy por encima de las occidentales.
Unas cuantas sociedades modernas han conseguido invertir la caída de los índices de fertilidad nacional y devolver a sus países un perfil demográfico más equilibrado. Los países escandinavos lo hicieron mediante fuertes inversiones en atención sanitaria para la mujer y los niños, apoyo a la familia y compromiso político, para que las parejas jóvenes no se amilanaran ante la idea de tener dos hijos. Además, sabemos que el descenso en los nacimientos en Irlanda se invirtió levemente cuando su economía despegó gracias al "milagro celta" de los años ochenta y noventa, y los jóvenes irlandeses que habían emigrado volvieron a casa (y se casaron).
Sin embargo, es difícil imaginar que la alcoholizada sociedad masculina rusa vaya a imitar, por ejemplo, el apoyo generoso de Dinamarca a las mujeres y los niños. Esto tal vez le deja a Putin una única solución: un crecimiento económico que conduzca — por lo menos en teoría — a una renovada confianza entre los jóvenes rusos que les permita fundar una familia.
Y, de hecho, los indicadores económicos rusos no son tan malos como antes. El descenso catastrófico de la producción se ha detenido y ésta empieza a recuperarse lentamente. La escena social y política es estable, excepto en las periferias étnicas. Los inversores extranjeros vuelven a mostrar interés y el FMI da su aprobación.
Pero, ¿conducirá la mejora de la economía a una mejora de las condiciones socioeconómicas? ¿Se pueden invertir estas espantosas tendencias demográficas? Lo dudo. Quizá la población descienda sólo en 500.000 al año en lugar de 750.000, pero seguirá habiendo una terrible hemorragia.
Junto a los retos más inmediatos de las convulsiones en Oriente Próximo, el terrorismo internacional, la carrera de armamentos en el sur de Asia y el ascenso de China (por mencionar sólo unos pocos), el mundo se enfrenta a la perspectiva de la desaparición silenciosa de Rusia. Y, la verdad sea dicha, no podemos hacernos idea de lo que eso podría significar, ni de cómo nos las arreglaremos para hacerle frente.
Paul Kennedy es catedrático de Historia en la Universidad de Yale
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Qué y cuánto consumen los emigrantes
Andrés Tornos Cubillo, El País
Conocer lo que está ocurriendo con nuestra inmigración, no sólo en cuanto al reconocimiento de sus derechos y condiciones de vida, sino también y muy especialmente en su impacto sobre nuestro porvenir, es una necesidad inaplazable.
A este capítulo pertenece la indagación de la magnitud y peculiaridades del acceso de los in-migrantes al mundo español del consumo. La indagación de la magnitud, porque repercute sobre el equilibrio de nuestro PIB y afecta a la salud económica. De las peculiaridades, porque marcan líneas de especial desarrollo para mercados específicos.
Esto último ya está siendo objeto de particular atención en los sectores interesados. Se ha divulgado, por ejemplo, el dato de que los inmigrantes gastan en telecomunicaciones 48euros por persona y mes, frente a 19 gastados por los españoles. Pero esto, traducido a cifras anuales y a valores agregados, representa una inyección de unos 1.500 millones de euros en ese concreto mercado. Una cantidad, por cierto, nada despreciable, generadora últimamente de saneamiento de cuentas y puestos de trabajo.
El sector de la alimentación no ha ignorado tampoco al inmigrante. Un estudio de la Consultora A C. Nielsen, publicado por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, ha hecho ver que el consumo alimentario de los inmigrantes no se diferencia demasiado del de los españoles, principalmente porque tienden a adaptarse sustancialmente a la cocina local, pero también porque los españoles se van iniciando en el consumo de productos específicos de los países de origen de nuestras migraciones (papaya, yuca, aguacates, formas de maíz, salsas y especias...), que empiezan a ofrecerse en nuestros supermercados y grandes superficies por causa de aquéllas.
¿Pero qué significa en euros este acceso de los inmigrantes a nuestro mercado alimentario? El estudio de A. C. Nielsen no ha entrado en el tema. Pero puede construirse una estimación, aunque sea un tanto tosca, extrapolando al total de los inmigrantes la información obtenida en estudios monográficos realizados en el Instituto de Estudios sobre Migraciones de la Universidad Comillas, de Madrid, sobre el consumo de hogar de colombianos, ecuatorianos y marroquíes.
Según esta extrapolación, los inmigrantes gastarían en alimentación entre 3.500 y 4.000 millones de euros anuales. Y la validez de esta extrapolación tendría su fundamento principal en que esos datos sobre consumo de hogar, obtenidos por separado para los tres colectivos de mayor presencia en España, presentan en su cuantía y estructura una llamativa similitud a pesar de las notables diferencias culturales que separan a los tres grupos. Lo cual sugeriría que el monto y distribuciуn de las cantidades (para vivienda, alimentación, ocio,etc.) invertidas por los inmigrantes en su vida cotidiana se funda en características generales de lo que les es dado hacer en España a quienes inmigraron, vengan de donde vinieren. Sea lo que sea, se trata nuevamente de una inyección de efectivo (más de 3.500 millones de euros) que no puede dejar de movilizar este sector y de hacerse notar en el componente de demanda del PIB.
Es curioso advertir, a propósito de ello, que los ecuatorianos serían los más frugales en su comer, así como los marroquíes los más ahorrativos en cuanto a vivienda. Porque el de la vivienda es otro capítulo que merecería tenerse en cuenta, dado que representa para los inmigrantes su gasto mayor, y para los nativos, la mayor fuente de los ingresos obtenidos de quienes vinieron: unos 6.000 millones anuales de euros.
Y seguro que no nos equivocaríamos mucho si pensáramos que en otras comunidades autónomas puede estar ocurriendo algo parecido a lo hallado en un estudio sobre las viviendas de los inmigrados realizado en la de Valencia: que el acceso de muchos inmigrantes a las casas de mayor antigüedad y menor calidad está financiando, vía pago de alquileres no esperables sin la inmigración, el traslado de los propietarios de las viejas a otras nuevas y mejores. En todo caso esos 6.000 millones anuales que inyectarían los inmigrantes en nuestro mercado de la vivienda no serían una cifra merecedora de desatenderse.
No es extraño en esta situación que la banca haya editado manuales de uso de sus servicios para los distintos colectivos de inmigrantes. Pero hasta ahora no se han publicado datos sobre lo que ella obtiene de prestarlos. Lo que, dado que los salarios de los inmigrantes mueven en salarios anuales más de 18.000 millones de euros, no será, desde luego, ninguna pequeñez.
Andrés Tornos Cubillo es profesor emérito e investigador del Instituto de Estudios sobre Migraciones de la Universidad Pontificia de Comillas.